Ilustración: Emilio Urberuaga

LO CAPITAL.

            Cuando llegan a la sala 56A, los visitantes del Museo del Prado se acercan hasta la mesa de los Siete Pecados Capitales de El Bosco para inclinarse sobre ella como quien mira hacia el interior de un pozo (de los deseos, obviamente) en el que ver reflejadas sus debilidades, las que anuncia una cartela. En esa posición, que viene determinada por la peculiar circunstancia del objeto, es normal que esbocen una sonrisa jocosa ante lo que se les antoja una inocente representación de tan graves faltas de nuestro corazón, que es de donde, según la Iglesia, brotan todas esas intenciones que nos hacen impuros a los ojos de Dios.

            Ese rictus burlón que adoptan en sus rostros, acrecentado cuando se topan con la representación del pintoresco diablo que sujeta el espejo en el que se mira la mujer soberbia, hubiera resultado inimaginable en la faz de los contemporáneos de El Bosco, atenazados por la certeza de que vivir en la observancia de la conciencia recta era imprescindible para no despreciar a su Creador.

            Los pecados capitales, que son capitales no tanto por su magnitud, sino porque son la cabeza de otros muchos, los había intuido ya en el siglo IV aquel modelo de ascetismo que fue Evragio El Póntico, aunque en su caso él intuyera ocho y no siete. Fueron el sacerdote rumano San Juan Casiano y el papa Gregorio Magno quienes los oficializaron tiempo más tarde después de desdeñar la cobardía como una debilidad de la naturaleza humana que no clamaba tanto al cielo.

            Y esos siete, y no otros, eran los que todos aprendíamos a recitar en la escuela o en la catequesis, aterrorizados por la perspectiva de incurrir alguna vez en ellos al dejar de lado la caridad, que germinaba también en el corazón y era la raíz de las obras buenas y puras con que podíamos asestar un golpe certero a tan severas flaquezas.

            Desde aquel siglo VI d.C., la Iglesia no modificó esas claves de bóveda, aunque se adaptara al devenir de los tiempos (sus pontífices más recientes hablan, por ejemplo, no solo de pecados capitales, mortales, o veniales, sino de pecados sociales), mientras la sociedad laica acusaba cambios más radicales en sus juicios, en especial desde que la modernidad ilustrada hiciera prevalecer la Razón sobre la Fe a la par que liberaba nuestros cuerpos de su condición de materia ajena, y sobre todo enemiga, de cada uno de nosotros.

            Por tal razón, esos visitantes de la sala 56A del Museo del Prado, sin necesidad de haber leído al Marqués de Sade, para el que los humanos éramos seres del exceso que ansiaban vivir sin medida y libres de toda constricción, no pueden sentirse intimidados por unas advertencias morales que entran en colisión con la búsqueda del placer que regula todas sus muchas pasiones como un único principio natural.

            El pecado, qué le vamos a hacer, ha ido siendo desplazado por un hedonismo globalizado que hace sentirse libres de culpa hasta a los más indoctos, dispuestos a ceder a todas sus pulsiones como antaño solo podían permitirse aquellos grandes señores que profesaban la incredulidad o el cinismo (“Las virtudes de los paganos son sus vicios espléndidos”, que decía San Agustín). Y más de uno de esos visitantes seguro que está pensando, en los instantes en que se inclina sobre esa suerte de brocal que le pone en relación con sus deseos, en que es mejor vivir en el desenfreno que en el tormento, aunque ello suponga poner en jaque su razón de ser. Es una forma, como otra cualquiera, de sentirse como dioses.

 

Pero dejemos a esos observadores ensoberbecidos del imaginado dominio de sí mismos, para volver la vista hacia los creadores (cineastas, escritores, artistas plásticos…) que cíclicamente aúnan sus destrezas, como los convocados en esta carpeta, para recrear estos placeres condenados desde sus potencias íntimas, más o menos tormentosas, más o menos oscuras, las mismas potencias que los surrealistas llegaron casi a divinizar como parte de un juego que justificaba la libertad más suprema. Antes el infierno que el no ser, que había esbozado aquel Baudelaire permanentemente atento al comportamiento de los sentidos.

            Nuestros siete artistas han cristalizado esas faltas en la figura de una mujer (el segundo error de Dios, según Nietzsche) no por exaltar la misoginia, sino porque fue precisamente a través de Eva, la madre primigenia, como llegó hasta nuestra naturaleza la mismísima desobediencia, aquella que nos hizo concebir la posibilidad de conocer y determinar el bien y el mal, con arreglo a un proceder que a ella se le antojó más que sobrado para justificar su libertad.

            La fruición de la miradas de estos siete creadores libres, que no libertinos, tiene en común que nos hace sentir este proceder de la carne como algo anterior a la memoria misma y como un pulso equilibrado, a través de la serenidad que emanan sus imágenes, entre el placer y el displacer que nos tientan cíclicamente, un pulso en el que lo capital no es tanto el pecado como la educación de los sentidos.

            Son, ni más ni menos, siete grabados que están abiertos a las sugerencias del mundo real (demasiado real en algunos casos, más alegórico en otros) y que nos convocan al placer más auténtico: sentirnos por un momento el ser nosotros mismos, mitad virtuosos, mitad viciosos, y sentírnoslo, a través de su intermediación, por nosotros mismos.

Felipe Hernández Cava


LA CARPETA

Este proyecto empezó a desarrollarse en febrero del año 2015. La carpeta está serigrafiada sobre papel con una ilustración de Emilio Urberuaga, premio Nacional de Ilustración 2011 y consta de una edición de ocho planchas de zinc al aguafuerte/aguatinta, iluminadas a mano y estampadas sobre papel natural 280 gr. color blanco roto. Las obras tienen un tamaño de 40x80 cm.  aproximadamente, firmadas y numeradas de 1/70 por cada autor.